Carta de Identidad de Familia Amigoniana

Introducción

En el XXV Aniversario de la declaración de Venerable de Luis Amigó OFMCap, las dos Congregaciones de Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia y Hermanos Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora de los Dolores, fundadas por él, los laicos Cooperadores Amigonianos y del Movimiento Laical Amigoniano, junto con otras personas comprometidas a mantener vivo en el mundo su carisma y quienes están en contacto con su persona o en las obras inspiradas por él, han tenido la oportunidad de acercarse una vez más a la hondura de su espiritualidad de donde brota su entrega a la misión en favor de los más frágiles y vulnerables y sobre todo  para las jóvenes generaciones con problemas y sus familias.

Esta gran “comunidad” de diversas personas cuya vida ha sido tocada de alguna manera por el Padre Luis Amigó tiene, en cierto sentido, las características de un grupo humano unido afectivamente. A todo este conjunto familiar lo llamamos “Familia Amigoniana”.

Identificación de sus miembros

Los integrantes de la Familia Amigoniana, siguiendo la estela de nuestro Fundador, el P. Luis Amigó, nos sentimos llamados –bien desde la propia opción de fe o bien desde nuestra misma sensibilidad humana– a encarnar los valores, profundamente humanos, que Cristo testimonió en su vida y proclamó solemnemente en las Bienaventuranzas.

En nuestro propio estado de vida y en nuestro servicio al prójimo, asumimos como modelo de vida al Padre Luis Amigó procurando vivir según los valores fundamentales de su espíritu franciscano que están enraizados en el Evangelio y se traducen en actitudes de fraternidad universal, pobreza, humildad, alegría, sencillez, dulzura en el trato, mansedumbre y sentido providencial, sensibilidad y gestos concretos de atención a los que más lo necesitan.

Nos sentimos especialmente invitados a vivir y testimoniar el amor misericordioso para con los que tienen hambre y sed, para con los forasteros y desnudos, para con los enfermos y encarcelados y, en fin, para con todos aquellos que sufren alguna carencia –ya sea en su ser o en su tener–, o experimentan algún tipo de exclusión (cf. Mt. 25, 34-46).

Somos conscientes de que esa misma misericordia –distintivo primordial de nuestra identidad, y que implica querer al otro con fidelidad incondicional, quererlo en cada momento “como es” y extremar, si cabe, el amor con quien sufre carencias más perentorias– nos impulsa, de modo particular, a expresar nuestra preocupación y acción, en favor de los niños, niñas y jóvenes en situación problemática o de vulnerabilidad, siguiendo así el deseo del P. Luis Amigó que nos fundó especialmente para “educar cristianamente a los jóvenes alejados del camino de la verdad y del bien” (cf. OCLA, 1780) y nos legó esta misión: “Trabajad en la educación de la juventud, y si aconteciere que se apartan del redil del Buen Pastor, id, cual zagales  suyos, en pos de la oveja descarriada hasta devolverla al aprisco” (cf. OCLA 1831).

Somos conscientes, también, que, por su propia naturaleza, la misión confiada por el padre Luis Amigó nuestro Fundador, nos pide ser expertos en humanidad y profetas del sentimiento humano, y nos exige actuar conforme a la Pedagogía del amor, que busca restituir al hombre su dignidad, promoviendo el desarrollo integral y procurando su realización personal y su progresiva inserción social como agente activo en la construcción de una sociedad mejor y más justa.

Reconocemos que la figura del Buen Pastor –que conoce a sus ovejas, camina delante de ellas, busca a las que se pierden, comparte sus alegrías y penas, aprende por experiencia la ciencia del corazón humano, y da la vida por todas– constituye, en su conjunto, un verdadero Poema pedagógico que, al tiempo, que debe identificar nuestra personalidad, al encarnar sus actitudes, debe inspirar todas nuestras actuaciones.

Reconocemos, asimismo, que la figura de María en sus Dolores constituye para no­so­tros fuente de la generosidad y de la misericordia, de la fortaleza y de la ter­nu­ra que requiere nuestra misión y nos invita explícitamente desde sus siete doloresver­da­de­ras lecciones de amor– a querer a cada uno como es, a afrontar con valentía las difi­cultades, a buscar con afán a quien se encuentra perdido, a hacerse el encontradizo con el que sufre, a mantenerse de pié junto al desvalido, a acoger con ternura al que viene y a esperar, aún contra toda esperanza, que las personas puedan cambiar.

Acogiendo la exhortación del Padre Luis Amigó, consideramos la Sagrada Familia de Nazaret modelo de vida para nuestras familias (cf. OCLA 1102) y, como forma parte también de la tradición amigoniana, procuramos mantener en nuestras obras un adecuado ambiente familiar, distinguiendo los diversos roles y asumiendo cada uno sus propias responsabilidades (cf. OCLA1067 – 1103).