La innovación del padre San Francisco de Asís

El gran aporte de Francisco de Asís al mundo cristiano se basó, sobre todo, en la radicalidad con que siguió y vivió el mensaje cristiano. En él –en Francisco– no se encuentran “novedades”, sino que todo él se constituye en una gran novedad, precisamente por su forma de aceptar y vivir “a la letra”, con toda su fuerza, sin acomodaciones, el evangelio.

En esa novedad, además, lo más llamativo –a mi entender– lo constituyó la profunda humanidad que distinguió la vida de Francisco y que él quiso que distinguiese también la de sus seguidores. A todos nos es conocido que, en su juventud, Francisco no fue lo que la gente suele llamar un chico bueno. Sus padres le habían educado según los parámetros de la vida cristiana oficial; había asistido a una escuelita parroquial y había hecho como era típico, la primera comunión siendo ya un tanto mayorcito. Pero aquella religión que había aprendido no le había satisfecho.

Y como el ser humano es un buscador nato de felicidad y plenitud –y Francisco era, no cabe duda, una persona profundamente despierta, sensible y vitalista–, se puso a buscar frenéticamente –como un desesperado– el sentido gratificante y feliz de su ser y existir que, hasta entonces, no había encontrado. Y se comportó, entonces, como una especie de cimarrón desbocado, como un perfecto desorientado, como un indudable candidato –diríamos hoy en día– a las drogodependencias.